Nazarenos a oscuras en Sevilla 2026: el precio que no debería pagar la estación de penitencia

Filas de tres y cuatro, cirios apagados y jornadas al límite reabren el debate sobre el modelo de la Carrera Oficial en la Semana Santa de Sevilla
Nuestro Padre Jesús del Gran Poder a su paso por la plaza del Museo en la pasada Madrugá | LUIS F. ACUÑA

La Semana Santa de Sevilla 2026 ha vuelto a demostrar que la ciudad sabe sostener su gran maquinaria cuando hablamos de cofradías. Ha habido organización, se ha hablado de seguridad y de puntualidad en determinadas jornadas, y del esfuerzo colectivo por sacar adelante una semana con miles de personas en la calle.

En la Madrugá, por ejemplo, desde el Ayuntamiento se llegó a defender que el modelo había funcionado con unos 16.000 nazarenos en la calle, apoyándose en las filas de a tres como herramienta para sostener los tiempos, tal y como se ha venido reflejando en distintos medios de comunicación.

Y ahí es donde aparece la pregunta.

¿Qué precio estamos dispuestos a pagar para que el modelo actual siga funcionando?

Porque una cosa es que funcione el dispositivo. Y otra muy distinta es que funcione la estación de penitencia.

Lo que se ha visto en Sevilla este año no puede despacharse únicamente con el argumento de la eficacia. Las imágenes de cortejos avanzando por la Carrera Oficial en filas de tres y de cuatro, con nazarenos caminando prácticamente en formación de manifestación y, en muchos casos, con los cirios apagados, obligan a una reflexión seria.

Porque el nazareno no está ahí para rellenar metros de cortejo ni para ajustar un cronómetro. El nazareno está ahí para hacer penitencia, para acompañar a sus titulares y para alumbrar su camino. Y sin embargo, hay imágenes que este año han dolido.

Ver a la Hermandad de la Macarena avanzar por la Avenida de la Constitución en filas de tres y de cuatro, con los cirios apagados, deja una sensación difícil de explicar. No es solo una cuestión estética. Es una cuestión emocional, pero también de identidad.

Porque la Macarena —como tantas otras— ha sido siempre modelo de ese cortejo que anda, con esa impronta elegante que marcó para siempre su historia y con los cirios encendidos, caminando hacia el primer templo de la ciudad.

Y lo que se vio fue otra cosa.

Un cortejo comprimido, desnaturalizado, con un aire más cercano a una manifestación organizada que a una estación de penitencia.

Pero no fue una imagen aislada.

La propia dinámica de la Semana Santa de Sevilla 2026 ha dejado otras escenas que invitan a la reflexión. Ver pasar palios como el de las Vírgenes del Socorro, Cristo de Burgos, Las Aguas o Merced de Pasión por puntos clave como la Campana, prácticamente sin público y en horas ya desbordadas de la jornada, es otro síntoma que no se puede ignorar.

Nuestra Señora del Socorro a su paso por la Campana el pasado Domingo de Ramos

Se entiende que los horarios están para cumplirse. Se entiende que la organización necesita rigor.

Pero también hay que preguntarse si el modelo actual está llevando a situaciones que restan sentido a lo que ocurre en la calle.

Porque una cofradía no solo hace estación de penitencia. También se encuentra con su ciudad. Y cuando ese encuentro desaparece, algo también se está perdiendo por el camino.

Da la sensación de que cada vez que Sevilla se enfrenta a sus retrasos o a sus jornadas al límite, la tentación inmediata es señalar al nazareno. Hablar de límites, de crecimiento o de frenar los cortejos.

Pero ahí es donde el debate corre el riesgo de equivocarse. Porque el nazareno no es el problema. El nazareno es el fundamento.

Sin nazarenos no hay cofradía en la calle. Sin nazarenos no hay estación de penitencia. Reducir el problema a su número es, en el fondo, matar al mensajero. El verdadero debate está en el modelo.

Porque cuando coinciden nazarenos comprimidos, cirios apagados, jornadas al límite y cofradías pasando sin ciudad, lo que aparece ya no es una anécdota. Aparece un sistema que empieza a mostrar signos evidentes de desgaste.

Y aquí es donde Sevilla tiene que detenerse.

Porque una cofradía que avanza con su cortejo desplegado, con su luz encendida y con su ritmo propio, no solo luce mejor. Es más fiel a lo que es.

El Señor de la Sentencia a su paso por San Juan de la Palma la mañana del Viernes Santo | LUIS F. DE ACUÑA

Ver nazarenos obligados a avanzar en condiciones ajenas a la tradición del cortejo, y además con los cirios apagados durante buena parte del recorrido, no es solo una imagen pobre. Es una imagen que altera el sentido mismo de la estación de penitencia.

La ciudad ha demostrado que sabe adaptarse. Pero también tiene que demostrar que sabe detenerse.

Si para que todo funcione hay que aceptar esto como normal, entonces Sevilla tiene que decidir si ese es el precio que quiere pagar.

Porque el día que la Semana Santa funcione perfectamente pero deje de parecerse a lo que siempre fue, ese día quizá ya no estemos hablando de lo mismo.

Y entonces el problema no será de horarios.

Será de sentido.