De la máscara al silencio: la delgada línea del primer lunes de Cuaresma

El llamado Domingo de Piñata marca la frontera emocional entre la fiesta y el recogimiento, en la antesala de los vía crucis penitenciales que abren el tiempo cofrade
Detalle del tipo de la comparsa “Los Humanos” | ARCHIVO

Hay un momento en Andalucía que apenas dura unas horas, pero que lo cambia todo.

Es esa delgada línea en la que dejamos atrás el ruido del carnaval —el color, la sátira, lo carnal— y comenzamos a caminar, casi sin darnos cuenta, hacia el recogimiento de la Cuaresma. Ese tránsito invisible que, en este primer domingo, conocido popularmente como Domingo de Piñata, se hace especialmente evidente en nuestras calles y en nuestro pulso colectivo.

Porque aquí no vivimos las fiestas por separado. Las encadenamos. Las respiramos. Las transformamos.

El carnaval se resiste a marcharse con sus últimos compases de coplas y papelillos, mientras la Cuaresma empieza a asomar con su liturgia sobria, sus cultos y ese lenguaje propio que solo entiende quien ha crecido mirando un calendario cofrade.

Y en medio de ese cambio de atmósfera aparece, con fuerza simbólica, el primer lunes de Cuaresma.

No es casualidad que desde hace décadas consejos de hermandades e instituciones lo hayan señalado como la jornada para celebrar los vía crucis penitenciales de las cofradías en tantas localidades. Hay en esa elección una pedagogía silenciosa: pasar de la euforia al examen interior, del disfraz al hábito, de la calle festiva a la calle orante.

Es, en el fondo, un termómetro de lo que somos.

Andalucía sabe convivir con sus contrastes. Aquí la alegría no está reñida con la devoción, ni la fiesta con la penitencia. Pero también es cierto que cada año ese paso de un tiempo a otro parece más rápido, más comprimido, más exigente para hermandades y cofrades.

Quizá por eso este inicio de Cuaresma invita a una reflexión serena.

No se trata de enfrentar carnaval y Cuaresma, sino de entender que ambos forman parte de un mismo latido cultural y emocional. Uno se despide mientras el otro se abre camino. Y en esa frontera —tan nuestra— se mide también la madurez de nuestras cofradías: en su capacidad de preparar, de esperar, de vivir los tiempos sin precipitarlos.

Porque la Cuaresma no empieza cuando lo dice el calendario.

Empieza cuando el corazón cambia el compás del tres por cuatro a la música de capilla del primer lunes de Cuaresma.

Y en muchas ciudades andaluzas, ese cambio comienza —cada vez con más claridad— en la noche del primer lunes, cuando un vía crucis cruza la penumbra y nos recuerda que la cuenta atrás, ahora sí, ya está en marcha.